El término ARTE POVERA hace también referencia a la pobreza de los materiales empleados, pero entendemos que las obras construidas no lo son. Nadie definiría su arte como pobre. Sin embargo, Mertz, Beuys o Tapies, escogían estos materiales "pobres" o rústicos, de forma deliberada. Ellos NO eran pobres, eran artistas europeos, ciudadanos del primer mundo, con acceso a todo lo que un artista occidental (es decir, un creador formado dentro del sistema de las bellas artes) puede necesitar para crear: desde los mejores materiales (pinceles, lienzos, óleos), escuelas y maestros hasta los museos, galeristas, compradores, revistas especializadas, etc.
Quedémonos entonces con el término MATERISMO, que define mejor el sentido de este movimiento y ahora preguntémonos si existe un ARTE POVERA en el sentido estricto de la pobreza de quienes lo hacen, de los materiales empleados, y del proceso mismo de construcción. La respuesta es afirmativa, por supuesto, y la cantidad de artistas que trabajan en esta condición debe superar largamente los estimados de cualquier entendido. Para ilustrar el punto, he escogido a dos artista africanos cuyas vidas y obras son un ejemplo de vocación artística: Georges Adeágbo y Dilomprizulike.
GEORGES ADEAGBO
Nacido en Cotonou, Benin en 1942, el mayor de 11 hermanos, Adeagbo logró hacer estudios universitarios en Abidjan, y luego en Paris, pese a la oposición de su familia. A fines de los sesenta, con un empleo seguro y una novia francesa, Georges estaba cómodamente instalado en Europa, cuando la noticia de la muerte de su padre, lo obligó a retornar a Benin tras varios años de ausencia. Lo que se suponía sería una breve visita terminaría cambiando su vida radicalmente: su familia, que insistía en que Georges debía asumir las obligaciones de hermano mayor y ocuparse de la hacienda familiar, le había tendido una trampa. Apenas llegó, escondieron su pasaporte y todos sus documentos. Imposibilitado de volver a Paris, Adeagbo perdió a su novia, su empleo y todos los objetos que habían empezado a configurar su existencia.
Georges rechazó todos los intentos de su madre por arreglarle un matrimonio tradicional, e igualmente se negó a asumir el rol que la familia le había reservado. Alejado de todos, melancólico y taciturno, Adeagbo empezó a filosofar de modo particular: haciendo “instalaciones” con las que ilustraba sus ideas y propuestas. Desplegando toda clase de objetos de uso diario, primero en su habitación y luego en el patio de tierra que rodeaba su casa, Georges diseñaba constelaciones, buscaba darle forma a intuiciones e ideas, ensamblando altares o vitrinas que lo ayudaran a mitigar su dolor y expresar su pasmo ante el misterio de la existencia. Así, empezó a acumular cosas, especialmente libros y revistas, que no sólo eran la base de su estudio y reflexión sino que además le recordaban ese mundo que le había sido arrancado: la civilización, Europa, el arte occidental, el confort, la esperanza de una vida mejor. Le recordaban que ese mundo seguía existiendo, y él, Georges Adeágbo, no podía ser parte de él.
Hacia 1973 su madre muere. La mayoría de sus hermanos, paradójicamente, había logrado ya emigrar a Francia. Para entonces, Adeágbo había sido enviado al manicomio muchas veces, siendo las estadías bastante cortas. Sus vecinos lo consideraban un loco inofensivo. Durante más de dos décadas, Adeagbo permaneció en Cotonou, sobreviviendo con lo justo para comer y agenciarse algunas revistas y cigarrillos. Veinte años en los que perfeccionó su método de trabajo. Hacia 1993, es descubierto de manera casual por un curador y crítico de arte francés quien toma fotos de sus “instalaciones” y lo da a conocer en el circuito artístico de Paris, iniciándose así el reconocimiento internacional de su obra.

Instalación de Adeagbo en la Bienal de Venecia, 1998
Adeagbo define su trabajo a partir del lugar donde es instalado y el momento. No es posible repetir una instalación ni trasladarla. Las composiciones y sus elementos se escogen y se definen a partir de la información del lugar y la ocasión en que serán expuestos.
DILOMPRIZULIKE
Autobautizado como el “Junkman de Africa”, Dilomprizulike (Dil Humphrey-Umezulike), al igual que Adeagbo, ha trabajado con aquellos materiales que abundaban en su sociedad, es decir deshechos, en su mayoría ropas usadas obtenidas en los mercadillos y calles de Lagos, Nigeria de donde es oriundo. Famoso por su museo The Junkyward Museum of Awkward Things, Dilom, es en esencia un reciclador del tercer mundo que ha volcado su experiencia hacia la producción artística en lugar de hacerlo en un negocio industrial. Su pieza Waiting for the Bus, es una lúcida representación de la vida urbana del africano promedio. Esperando. Esperando el autobús. Siempre esperando, ¿a que algo cambie en sus vidas? ¿el autobús de la justicia y el derecho a una vida digna?
Adeagbo y Dilomprizulike son dos artistas que se inscriben dentro del sistema occidental de las artes plásticas, es decir no desarrollan un arte africano aborigen, no tallan máscaras ni continúan una tradición de representaciones mítico-religiosas, si bien no dejan de nutrirse un poco de esa iconografía. Ambos reflexionan y operan sus propuestas desde nuestra orilla, pero deben trabajar al otro lado del río. No estoy seguro de que hubieran escogido hacerlo si hubieran tenido otra alternativa. Ejercer la pobreza no suele ser una vocación. Pero lo cierto es que ambos han podido crear a partir de lo que tenían a la mano, a partir de sus vidas, de su tiempo y su lugar. Que en esas condiciones pueda existir el arte ya es una proeza.


















